Toundra – HEX [ESP]

14 de enero de 2022. Cuando escribo esto no sé si quien lea este texto lo hará antes o después de dicha fecha. El caso es que en esa fecha Toundra editan, editaron o editarán su octavo disco de estudio “HEX”. Un disco en el que la banda se ha visto en la encrucijada de cambiar su manera de trabajar y en el que ha tenido que buscar la inspiración un poco más lejos (para luego darse cuenta de que, en realidad, estaba más cerca que nunca) de lo que la han podido buscar anteriormente.  

En marzo de 2020, Toundra prácticamente desaparecieron. El estallido de esta pandemia les encontró cargando su furgoneta para iniciar su enésima gira europea. Quince días después de lanzar su, hasta ahora, último disco, las calles y las plazas se vaciaban. Toundra volvieron a sus hogares. Esta vez, divididos entre su natal Madrid y la cornisa cantábrica, donde dos de sus miembros se instalaron justo antes de oír hablar de un nuevo virus. La distancia y la difícil situación no les hizo relajarse y quedarse de brazos cruzados. Si algo ha demostrado Toundra desde su formación en 2007 es su hiperactividad y la necesidad de seguir avanzando, mirando hacia delante y no a los cordones de sus zapatos.  

David y Esteban se compraron el material necesario para poder montar pequeños e indecentes estudios en sus casas y comenzaron a enviarse ideas de nuevas canciones de manera, sobre todo al principio, caótica. Sin saber muy bien hacia dónde iban ni saber muy bien qué es lo que se podrían encontrar. En el verano de 2020 la banda comenzó a reunirse en Madrid de nuevo para revisar el material que se habían estado enviando. A las sesiones de composición le acompañaban constantes charlas sobre hacia dónde ir con este octavo disco de estudio (si contamos “Para quienes aún viven”, el disco que editaron con aquel proyecto paralelo llamado Exquirla).  

En julio de 2021, se desplazaron de nuevo a Sant Feliu de Guíxols, Girona, para re encontrarse con su productor de confianza, Santi García. Lo que tenían entre manos era un disco ambicioso y arriesgado. De una vez por todas, Toundra habían decidido dejar de lado las expectativas que puede generar el camino ya andado. Tuvieron una idea: grabar un disco dividido claramente en dos caras. La Cara A la compone una única canción, de veintidós minutos de duración cuya inspiración ha sido el tránsito por la vida de un ser humano y de cómo el odio le ha llevado a sufrir en un mundo que sufre. Una composición que es un intento de la banda por demostrarse a sí mismos que la música es un lenguaje suficientemente autónomo para enviar un mensaje así. En un punto de finales de 2020, Toundra decidieron que la cara A sería el reflejo musical de este concepto y, la canción, se titularía El Odio. Una canción escrita entre diciembre de 2020 y marzo de 2021, terminándose su composición durante una cuarentena que todo el grupo tuvo que realizar, cada uno en sus casas.  

La cara B de “HEX” la componen cuatro nuevas composiciones. Una cara que alberga canciones cuyo germen está en la necesidad del grupo por estar en constante movimiento. Como un ciclista que no puede dejar de pedalear porque si deja de hacerlo se cae de la bicicleta. 

“Ruinas” se sitúa en un listado de canciones prototípicas que Toundra crea al menos una vez en cada disco. Una canción basada totalmente en la energía y la melodía, algo que ha sido sello propio de estos cuatro músicos desde el comienzo de su carrera. “La Larga Marcha”, sin embargo, parte de la música electrónica como inspiración con una clara propia interpretación de lo que es un loop tocado en una guitarra. “Watt” es la primera canción que los cuatro músicos pusieron en común en el local para iniciar la composición de este disco. El uso del saxofón con una clara inspiración en King Crimson y esa particular manera que tienen para pasar de escalas occidentales a escalas de músicas de otras partes del mundo. El disco termina con “Fin”, intencionado nombre para concluir una etapa en Toundra, la de este disco. Una canción hecha para ser el punto final de este disco.  

Todo ello lo podemos encontrar en “HEX”, una clara alusión al número seis, siguiendo con aquellas referencias numéricas en los títulos de los discos de sonido más puramente Toundra. Un disco de una banda en constante movimiento y que quizás por fin se hayan dado cuenta de que no necesitan buscar su propia identidad y para terminar aprendiendo que llevan años generándola pasito a pasito. “Lento, pero avanzo”.  

El Odio, por Esteban Girón.  

En el momento en el que escribo esto tengo treinta y cuatro años. Desde que me convertí en un adulto hasta hace relativamente poco, he vivido enfadado. El hecho de estar enfadado con el mundo me ha ayudado a avanzar en muchas facetas de la vida. Se convirtió en una necesidad, el estar enfadado con el mundo. Ese estado anímico conlleva un montón de cosas: la eterna frustración por pensar que todo siempre se pudo hacer mejor, por ejemplo.  

Creía que el estar enfadado con el mundo era el único modo de intentar mejorar mi alrededor, de intentar mejorar la vida de aquellos a quienes quiero. Todo ello te puede llevar muy fácilmente a terrenos realmente oscuros. La vida es muy corta como para pasársela enfadado.  

Durante la grabación de este disco, Macón se me acercó y me enseñó un video en el que unos desgraciados subían a un balcón, cogían una bandera con los colores del arco iris y la rompían. Gente debajo les jaleaba y apoyaba. “Esto es 2021”, me dijo el bueno de Maca con los ojos como platos. Terminando la grabación de nuestro enésimo disco, un hecho (el asesinato de un joven en A Coruña simplemente por su condición sexual) nos devolvieron al tema que habíamos querido reflejar en una canción ambiciosa que habíamos compuesto intentando reflejar como, desde su nacimiento, el ser humano es golpeado por innumerables impulsos que le llevan a odiar, en lugar de amar. Odiar no está en la naturaleza de ningún animal, ni tan siquiera del ser humano. La vida en este mundo de pantallas, cifras y falsas justificaciones de las matemáticas, de teorías aún más perversas que el darwinismo social desnaturaliza al ser humano y lo lleva a odiar a quien tiene a su lado. Jamás he visto a un animal odiar y me he criado entre ellos.  

Vivimos una vida en la que trabajamos más horas de las que jamás nos serán pagadas; en la que los horarios se han difuminado tanto que vemos normal que un comercio esté abierto en domingo, que haya gente sirviéndonos en bandeja el consumir a cualquier hora. Hemos tomado como normal el poder consumir cualquier cosa a golpe de click. Hemos perdido el control de nuestras vidas privadas.  

Los niños no aprenden a tocar instrumentos porque la vida hoy en día no está hecha para recoger el fruto de cualquier cosa que tarde más de un click en generarse, en aprenderse, en crecer, en madurar… . El éxito ha de ser instantáneo porque la vida así ya lo es.  

Los medicamentos contra la ansiedad y otras drogas están a la orden del día para evadirnos, para volarnos la cabeza y dejar de pensar cuando llegamos a casa, a nuestro hogar y dejar de pensar en el sitio en el que, paradójicamente, invertimos más esfuerzo y tiempo: en el trabajo. Nos drogamos en nuestro tiempo de ocio para apagar esa cabeza gobernada por la ansiedad que cree que siempre se puede y se necesita más.  

Odiamos a nuestro vecino, al musulmán que aparece en la tele, a la abuela carca que reza a Jesús, al puto hippie y al yuppie de su padre. Odiamos al político de turno que nos hace odiar a quienes son diferentes a la mayoría. Odiamos como respuesta al miedo que tenemos a descubrir que hay otras maneras de amar, de comer, de consumir, de actuar, de trabajar, de vivir. El odio se ha instrumentalizado para preservar una sociedad en la que eres lo que puedes pagar. Odiamos a quienes piensan que somos intolerantes.  

Los recursos del planeta se  agotan. Llevamos escuchando que debemos cuidar el planeta desde los años 70 y no lo hacemos. Hemos contaminado mucho más desde los 80 a día de hoy que desde la Revolución Industrial a la aparición de Johan Cruyff. Comemos animales a los que jamás hemos visto más cerca de cuatro metros de distancia, criamos a muchos otros en fábricas de alimento y muerte para seguir sirviéndolo bajo sonrisas de payaso. Sonreímos y… nos parece que está rico.  

Toda esta realidad deshumanizada ha sido esparcida por todos los continentes gracias a que ello favorece el único motor que mueve el mundo. El mercado, la palabra del único Dios verdadero: el dinero. Una realidad que de cruel que es no puede sostenerse por sí sola. Y aquí es donde entra a jugar El Odio. Mientras el ser humano tiene nublada la vista con la cortina del odio es incapaz de cuestionarse su miserable existencia. Por ello se ha llevado a cabo, en las últimas décadas, una legitimación de mensajes xenófobos, racistas, machistas, crueles y criminales. Esta legitimación lo único que nos lleva es a la violencia en la vida diaria, en las calles. A que se asesine a un niño por el hecho de que le gusten los hombres. Esto no es nuevo ya que, como Robert Wiene advirtió en 1920, este tipo de mensajes estaban legitimizándose en Europa hace cien años. En Europa y en todo el mundo. En toda sociedad, bajo cualquier religión o creencia, en cualquier tipo de sistema, la legitimación del odio ha sido instrumentalizado para que quien sustenta el poder, persista en él. Jamás pensamos que Wiene nos podría influenciar tanto.  

Legitimamos el odio no saliendo a echar de las plazas a aquellos que llaman “sidosos” a los habitantes de los barrios con alto porcentaje de población LGTBI. Lo legitimamos no muriéndonos de risa cuando un loco dice que va a construir un muro que una el Pacífico y el Atlántico para mejorar fronteras políticas. Lo legitimamos cuando no nos preguntamos cómo se gestionó la crisis del coronavirus en esas residencias donde dejamos morir a quienes construyeron con su trabajo diario este estado del bienestar que estamos dejando que nos roben. Legitimamos el odio cuando no censuramos discursos que no admiten la igualdad entre seres humanos. Legitimamos el odio cuando permitimos que siga habiendo estratos de la sociedad que nos quieren llevar a vivir como en Los Santos Inocentes de Miguel Delibes… y ellos siempre van a ser “El Señorito Iván”. Porque nos quieren devolver a la Alta Edad Media. Cuando no saltamos frente a discursos que hoy en día están en todos los medios de comunicación y que atentan frontalmente contra los derechos humanos, legitimamos el odio.  

Vivimos una vida violenta, en la que el ser humano está atomizado. Miramos el móvil buscando likes en redes sociales en lugar de levantar la mirada y disfrutar de un paisaje que pasa ante nuestros ojos. Nos han convertido en números. Al ser humano. Al animal más social por naturaleza. Trabaja, consume, muere. Vivimos una situación de fragilidad total en la que el caldo de cultivo a odiar al diferente o a cualquier cosa que nos digan es muy fácil de generar. 

Hay una cosa realmente obvia mejor que el odio. Desde la grabación de “Das Cabinet Des Dr Caligari” he descubierto que, ahora, avanzo mucho más amando que odiando. Lento, pero avanzo. Avanzo más estando feliz que estando enfadado con el mundo como estuve tantos años. Como os he comentado, hoy en día tengo 34 años. Muchos de mis mejores amigos están teniendo descendencia y, cuando veo y amo a esos niños, siempre pienso “ojalá seas feliz en un mundo mejor del que yo creo que os va a tocar”. Si permitimos que la furia del odio, del racismo, de la intolerancia crezca, si la toleramos, aquello que más queremos, nuestros hijos, serán quienes sufran una vida de esclavismo, intolerancia y miedo. Porque como decía aquel cartel de la Guerra Civil Española, frente a la intolerancia: “si lo toleramos, nuestros hijos serán los siguientes.” 

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